Cargo en mi cuerpo a una mujer invalida, que baila cuando duerme. Trenza el cabello blanco de la muerte para ganarse su favor, como una novia ciega que debe conformarse con la corta memoria de sus dedos. Despierta cuando miente, lleva un cascote atado a la correa de la lengua va removiendo un surco tras de mi. Una continuación que me persigue como una cola de chatarra. Se enciende cuando callo, cargo su enfermedad en la penumbra de mis huesos, su equipaje de anemia, su andamiaje de circo. La quiero del otro lado pero el puente se ha roto, la primera mitad no le interesa, la segunda es negada, vuelvo sobre sus pasos cada noche, para ocultar la huella cada día. Como el guardián de un ancla que se oxido, un perro encadenado a un desierto de vidrio... lamiéndose la sombra.


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