"Yo quisiera quedarme en ese mundo apretado en las paredes celestes de la infancia, arrebujada en un aire que se disuelve con el calor del verano (porque, nos por qué, en la infancia siempre es verano, siempre hay un velerito de papel y palitos navegando en un charco de ámbar, siempre hay un bollo plateado de papel de chocolatines en el fondo de un bolsillo).
Yo quisiera caminar por los senderos cuidados por ángeles guardianes, segura y preocupada solamente por el horario de la sopa de las muñecas, inventando nombres para llamar a las luciérnagas, buscando las pilas que encienden a los bichos de luz, durmiendo como un sueño de acompasada respiración y manos apoyadas en las sábanas sin crispación, como flores.
Allí es donde uno tiene la defensa más limpia y más cierta: la de la ingenuidad, la de la fe. Creer en todo el mundo, abrir la pena como pan caliente y mostrar su humeante interior; abrir la risa como un durazno maduro y entregar el carozo o la pulpa o el zumo, creyendo que a los demás nuestra alegría les gusta, que los demás se ponen contentos con nuestro triunfo, con nuestra felicidad. Querer. Y sentir que querer es una margarita a la que se le ponen petalos en lugar de quitárselos"...
[Poldy Bird, de "País de luz, Cuentos con Niebla"]


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