A toda la gente le ocurre que, en algún momento, deja de pensar. Deja de pensar en los relojes, en los lugares, en qué tiene que hacer. Deja de pensar en las personas, en los amigos, en el trabajo, en el dinero, en el sexo. Deja de pensar y se descubre solo, impotente, ante la trivialidad de su existencia, ante la miseria de su ser. En este punto se pueden tomar dos actitudes. Hay quienes se sumen en una honda reflexión acerca del sentido de las cosas.
Otros, en cambio, nerviosamente encienden un cigarrillo.
El delirio es aquello que no tiene pies ni cabeza. Aquello que no queda en la memoria, porque en el delirio se perdió lo que se decía, y ahora solo queda lo que al leerlo hace que uno siga moviendo la vista para la derecha hasta que baja de renglón y vuelve a comenzar una nueva linea de texto, que aparentemente no tiene sentido, pero supone encontrar uno al final.
Bueno... Tomalo, es tuyo.

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